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Opinión: Sólo el ejército tiene la victoria garantizada en las elecciones egipcias. Robert Fisk

Última modificación 26/06/2012 17:46
por Tania Molina

El fantasma de Mubarak, independientemente de si el ex mandatario sigue vivo o no, presidirá los resultados de la elección presidencial, los cuales serán dados a conocer este domingo. Ahmed Shafik y Mohamed Mursi representan dos caras de la narrativa que usó Mubarak para permanecer en el poder: la estabilidad o la pesadilla islamita. Shafik, último primer ministro de Mubarak, es la "estabilidad", y el candidato ya proclamó su victoria. Mursi, de la Hermandad Musulmana, también se proclamó triunfador. Agreguemos a ello la pueril y arrogante afirmación del ejército y su codicioso mariscal, Mohamed Tantawi, quien pretende aferrarse a todos sus privilegios sin importar lo que los egipcios hayan votado, y todas sus promesas se convertirán en uno de esos momentos para inmortalizar en libros que tanto aman los historiadores.

Publicado el: 26 de junio de 2012
Opinión: Sólo el ejército tiene la victoria garantizada en las elecciones egipcias. Robert Fisk

Un artista pinta un mural: la mitad del rostro es del ex mandatario Hosni Mubarak y la otra del mariscal Mohamed Tantawi, en El Cairo. La imagen es del 22 de mayo. Foto: Reuters

 

Robert Fisk

Publicada el 25 de junio en la versión impresa.

El fantasma de Mubarak, independientemente de si el ex mandatario sigue vivo o no, presidirá los resultados de la elección presidencial, los cuales serán dados a conocer este domingo. Ahmed Shafik y Mohamed Mursi representan dos caras de la narrativa que usó Mubarak para permanecer en el poder: la estabilidad o la pesadilla islamita. Shafik, último primer ministro de Mubarak, es la estabilidad, y el candidato ya proclamó su victoria. Mursi, de la Hemandad Musulmana, también se proclamó triunfador. Agreguemos a ello la pueril y arrogante afirmación del ejército y su codicioso mariscal, Mohamed Tantawi, quien pretende aferrarse a todos sus privilegios sin importar lo que los egipcios hayan votado, y todas sus promesas se convertirán en uno de esos momentos para inmortalizar en libros que tanto aman los historiadores.

Claro, si Mubarak muere, las teorías de la conspiración excederán cualquier otra de la historia árabe reciente. ¿Qué mejor para apaciguar la furia por una victoria de Shafik o Mursi que el anuncio del funeral de Estado del gran viejo, quien representó un Egipto que tenía una economía aunque ninguna libertad? El generoso pueblo egipcio seguramente no profanará la memoria de un gran líder egipcio, no importa cuán cruel haya sido su mandato. Después de que Sadat fue asesinado su cortejo fúnebre recorrió las calles en silencio. Hubo algunas multitudes, pero ni pizca de violencia o enojo.

Pero Mubarak, vivo o muerto, no puede cambiar el horrible significado de los resultados electorales. Si son parejos, como se predice –52 por ciento contra 51–, ello representará a una nación dividida, partida por la mitad, no tanto por una secta o familia, sino por el capitalismo de un lado y el islam del otro. Shafik, al final de cuentas, es un elitista mubarakista cuyo interés por la libertad se ve empañado por sus promesas de seguridad, lo cual significa que sólo habrá libertad para sus simpatizantes. Mientras tanto, el islamismo de Mursi, si bien en estos momentos está templado por la solidaridad con los egipcios, seguramente llevará a un estado de sharia blanda, en la cual cada minarete se erigirá a mayor altura que el edificio del Parlamento.

Aun cuando los militares ya se hayan aprovechado de los resultados de las elecciones parlamentarias, celebradas previamente –en las que triunfaron la Hermandad Musulmana y sus aliados–, y hayan decidido que sólo ellos son capaces de redactar una nueva Constitución y únicamente ellos definirán las facultades de un nuevo presidente, habrá poco que debatir en cuanto a quién resulta el ganador oficial de las presidenciales.

De seguro si existe un ganador oficial también habrá uno no oficial (no se tratará del mismo hombre). Entonces, el ejército, o bien el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), como dicen que debemos llamarlos, se ofrecerá a garantizar la seguridad pública y en su infinita sabiduría a gobernar Egipto hasta que los ciudadanos hayan decidido a quién coronar como el mejor postor.

Si eso suena demasiado siniestro –los faraones tienen mal historial en Egipto– debe recordarse que el CSFA ha gobernado con nada más que torpeza los 16 meses desde el derrocamiento de Mubarak. No supo si cerrar o no la revolución en la plaza Tahrir, permitió que oficiales de policía de alto rango asesinaran impunemente y luego permitió que sus jóvenes soldados corrieran enloquecidos ante las cámara de televisión, que los captó abusando sexualmente de mujeres y golpeándolas. Tantawi puede ser amigo de toda la vida de Mubarak, pero no es ningún Nasser ni un Sadat ni Hafez Assad, hombres que nunca tropezaron en público. Los voceros del CSFA, sufriendo en cada hombro el peso de la insignia de general, que son dos espadas cruzadas, suenan muy incómodos, tímidos y hasta desdichados en sus conferencias de prensa. ¿Dictadura? ¿Nosotros?

Claro, aun si Shafik gana con su supuesto 51 por ciento de los votos, eso difícilmente valida una dictadura, y a menos que la hermandad declare un fraude y tome las calles masivamente, lo cual no es difícil de imaginar, sobre todo si consideramos que la policía bien puede tornar violenta una acción así, el ejército ya no podrá adoptar tan fácilmente las técnicas de represión masiva del pasado. De seguro tratarán de dividir a la hermandad de los salafistas, quienes obtuvieron tan buenos resultados en las elecciones parlamentarias, pero no es probable que los egipcios se enfrasquen en una guerra civil entre islamitas.

Lo más probable –aquí intervienen las políticas corrosivas del viejo Egipto– es que se ofrecerán oportunidades tentadoras. Si Mursi es declarado presidente, el ejército hará alarde de su lealtad hacia el triunfador de una elección democrática y garantizará que permanezca amordazado. La Hermandad Musulmana, cabe recordar, estaba negociando con el gobierno de Mubarak, aun mientras los manifestantes de la plaza Tahrir recibían los disparos de la policía. La idea de que el mayor movimiento islamita en Egipto ha pasado sus más oscuros años en la clandestinidad no es verdad. Mubarak, por razones propias, alentó a la hermandad a participar en elecciones con candidatos independientes y los islamitas obedecieron dócilmente.

En otras palabras, la hermandad no es necesariamente la otra cara de la moneda del emperador. Pueden ser seducidos y comprados, adulados con falsos elogios, y siempre y cuando no intenten disolver al ejército y al aparato de seguridad que los ha torturado (literalmente) durante tanto tiempo, bien pueden trabajar para el sistema dentro del Estado profundo que está emergiendo en Egipto.

Esto no dejará satisfechos a los verdaderos revolucionarios. Los jóvenes, valientes e intelectuales (que no necesariamente son todos lo mismo), quienes se sienten traicionados por los hechos del pasado año y medio. Los El Baradeis seguirán ahí para denunciar lo mismo: los fracasos políticos derivados de la primera elección presidencial, y Occidente vociferará, si los derechos humanos son violados, por cualquiera que sea el ganador de las elecciones. Ah, y Mubarak podría sobrevivir para ver todo esto.

© The Independent

Traducción. Gabriela Fonseca

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