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Opinión: La globalización por Detroit. Claudio Lomnitz

Última modificación 18/04/2012 11:26
por Tania Molina

Perdonen el albur, pero no encuentro mejor fórmula. Se trata de pensar dos cosas: primero, las ventajas sociales y económicas que pueda tener venir desde atrás (otra vez, perdón) y, segundo, las ventajas de pensar la globalización desde lo decadente (Detroit), en lugar de pensarla siempre desde lo emergente (China, por ejemplo). Paso a bosquejar la idea.

Publicado el: 18 de abril de 2012
Opinión: La globalización por Detroit. Claudio Lomnitz

Durante una manifestación contra los recortes sociales, en Madrid el día 15. Foto: Reuters

 

Claudio Lomnitz

Publicada el 18 de abril en la versión impresa.

Perdonen el albur, pero no encuentro mejor fórmula.

Se trata de pensar dos cosas: primero, las ventajas sociales y económicas que pueda tener venir desde atrás (otra vez, perdón) y, segundo, las ventajas de pensar la globalización desde lo decadente (Detroit), en lugar de pensarla siempre desde lo emergente (China, por ejemplo).

Paso a bosquejar la idea.

Hoy en día resulta un poco absurdo ser globalofóbico o globalofílico así, sin más. La globalización está y punto. Es un hecho, basado en una revolución tecnológica, y da lo mismo si uno la ama o la odia. Lo que sí importa es el trabajo colectivo que se haga para canalizar ese proceso de transformación, para aprovechar sus posibilidades e impedir sus efectos más devastadores. De modo que hay mucho que hacer y que inventar, y justamente para todo eso me parece que sirve bien la fórmula de: La globalización por Detroit.

Apartemos de nosotros toda imagen económica que provenga de las películas de Bruce Lee: no busquemos ser ni tigres ni dragones. Descartemos también la pesada imagen de la tabiquería: olvidémonos de una vez los brics. Pensemos la cosa como axolotes (o sea, más mexicanamente, como alegó hace años Roger Bartra), que así las cosas irán mejor, y serán más interesantes.

Empecemos por lo más básico. La globalización va de la mano de un movimiento veloz de capitales, que ahora ‘fluyen’ de una parte a otra (no se habla sino de liquidez), generando booms y economías emergentes, pero dejando también estelas de la ruina más amarga –la ruina de Detroit, por ejemplo, que por casi un siglo fue la capital del automóvil y es hoy casi un enorme baldío. O la ruina de la zona industrial en torno de Osaka, que apenas ayer fue tigre; para no hablar ya de los esqueletos industriales de Inglaterra, Polonia o Rusia. Hoy son también ruinas las ciudades quebradas por burbujas inmobiliarias, los fantasmales aeropuertos en La Mancha, o las ciudades en bancarrota del interior de California. Ruina se llama, también, lo que llevó a 50 por ciento de incremento en la tasa de suicidios de italianos por causas económicas, en los últimos cinco años. Convengamos en llamar Detroit a todo aquel paisaje de desastre.

Importa pensar en ese Detroit de la imaginación, y no sólo en la envidiada China, o en Brasil, porque el día llegará en que los capitales se vayan, también, de aquellos lugares. China le comió el mandado a México porque tenía una población 10 veces mayor, muchísimo más pobre, y un gobierno autoritario capaz de controlarla. Ahora, con tanto progreso, sube el valor de su mano de obra, y el capital comienza a interesarse por Vietnam e India. Los propios capitales chinos están generando condiciones de explotación autoritaria en África, por ejemplo.

Por otra parte, a medida que se van industrializando los países, caen sus tasas de crecimiento demográfico, debido a la transformación de la condición laboral y social de sus mujeres. Esto sucedió ya en América Latina y en China. De modo que, aunque el movimiento de capitales sea sensible a condiciones demográficas, las inversiones productivas también, de paso, las transforman. Por eso parece probable que en las próximas décadas vaya a fluir capital también a África, que tiene las tasas de crecimiento poblacional más altas del mundo (la pequeña Nigeria es ya el sexto país más poblado del mundo), pero a mediano plazo, por ese mismo movimiento, la población mundial se irá estabilizando.

Bien. Pasemos al axolote mexicano. México es un país bastante industrializado, que pasó ya su transición demográfica, y se encuentra en buena posición para crecer, sobre todo en la medida que Estados Unidos se vaya reponiendo un poquito de la crisis actual, y que China comience a estancarse (que parece que no tarda). Pero para que ese crecimiento mexicano que viene no vuelva a generar el drama espantoso de los Detroits del mundo, hay que pensar y actuar de otro modo, y le tocará al próximo presidente de México presidir sobre ese reto.

Los principios claves que habrá que buscar para desarrollar una ajolotesca estrategia de globalización por Detroit son, en orden: 1) sustentabilidad ambiental (agua, seguridad alimentaria, responsabilidad ecológica); 2) ampliación de los derechos económicos de la ciudadanía –acceso universal a la salud, alimentación básica y educación–; 3) transformación de la política educativa y científica, cosa que implica no sólo un aumento de gasto público y privado, sino un verdadero cambio en la estrategia educativa (caiga quien caiga), y 4) aprovechamiento de la crisis europea para la contratación de personal altamente calificado para escuelas, universidades e industrias –México ha perdido personal a pasto en las últimas décadas, ahora puede al menos recuperarse un poco–. Esa sería, a grandes trazos, la estrategia de la globalización por Detroit.

Y, ahora, para compensar lo pesadamente ambicioso de mi columna de hoy, dejo a mis lectores con un verso ligero, que compuse con hechos de la semana:

Se fue el rey para Botsuana
(¡bwanah!)
A la caza de elefantes
(¡diantres!)
Olvidó que en casa claman
(¡drama!)
en sus paros indignantes
(¡galantes!).

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