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Opinión: Ingeniería social agrietada. León Bendesky

Última modificación 27/02/2012 16:27
por Tania Molina

La ingeniería financiera del segundo rescate de Grecia se presentó como todo un éxito. Pero la ingeniería social que la soporta es una desgracia. El paquete es esta vez de 130 mil millones de euros y se suman a los 110 mil millones destinados hace un año. Aquellos no mejoraron las condiciones de ese país sumido en el quinto año de recesión. Lo más probable es que éstos tampoco lo harán. Los funcionarios que anunciaron el plan intentaban mostrar satisfacción y confianza, aunque no lograban trasmitir más que fatiga e incertidumbre. Todos manifestaban su beneplácito por algo que saben que no conseguirá más que imponer una severa carga sobre la gente, una fuerte tensión en la economía y mayor fragilidad en el sistema politico, lo que mantiene un alto riesgo de que no se pague la deuda.

Publicado el: 27 de febrero de 2012
Opinión: Ingeniería social agrietada. León Bendesky

Un carro alegórico con representaciones del ministro de Finanzas griego Evangelos Venizelos, a la derecha, y del ministro de Salud Andreas Loverdos, durante el carnaval en Patras, Grecia, el día 26. Foto: Reuters

 

León Bendesky

Publicada el 27 de febrero en la versión impresa.

La ingeniería financiera del segundo rescate de Grecia se presentó como todo un éxito. Pero la ingeniería social que la soporta es una desgracia. El paquete es esta vez de 130 mil millones de euros y se suman a los 110 mil millones destinados hace un año. Aquellos no mejoraron las condiciones de ese país sumido en el quinto año de recesión. Lo más probable es que éstos tampoco lo harán.

Los funcionarios que anunciaron el plan intentaban mostrar satisfacción y confianza, aunque no lograban trasmitir más que fatiga e incertidumbre. Todos manifestaban su beneplácito por algo que saben que no conseguirá más que imponer una severa carga sobre la gente, una fuerte tensión en la economía y mayor fragilidad en el sistema politico, lo que mantiene un alto riesgo de que no se pague la deuda.

Los acreedores aceptaron una quita de 53.5 por ciento del valor original de los títulos de la deuda; contando todo el paquete de refinanciamiento la reducción es casi de 70 por ciento. Pero ya cobraron intereses durante varios años.

Los banqueros mostraban mayor escepticismo sobre el éxito de todo este tinglado. No les gusta aceptar lo perdido y, menos todavía, admitir una negociación con un deudor políticamente mal portado como es el gobierno griego. Pero los bancos han recibido apoyos públicos y recursos baratos del Banco Central Europeo que colocan a precios más altos. Esta es también una parte crucial del rescate.

Tampoco le ha acomodado tener que armar este segundo paquete a los otros socios de la zona euro, especialmente, a los alemanes, que se han resistido a ampliar el Fondo Europeo para la Estabilidad Financiera. Ahora dicen que lo harán.

La ingeniería financiera del plan es compleja y minuciosa en cuanto a las distintas tasas de interés aplicadas, los flujos de recursos que van de un lado para otro y los plazos de las condiciones pactadas. Se ha creado un armazón que debe permitir que por muchos años se mantengan los equilibrios diseñados y que son, por cierto, muy precarios.

Los números son llamativos pues, con todo el entramado del paquete, se trata de que la proporción actual de la deuda griega de 160 por ciento con respecto al PIB, se reduzca a 120 por ciento en 2020. Esto indica la magnitud del problema: si el acuerdo se mantiene, Grecia aún estará muy endeudada. También muestra el tamaño del problema financiero.

Además, hay candados políticos para apretar las condiciones. Se creó una cuenta especial en la que se debe depositar de modo constante el equivalente a tres meses del pago de la deuda, para evitar cualquier tentación. Esto operará hasta que el Parlamento griego cambie la Constitución para fijar la prioridad del pago de la deuda en el gasto público. Y, por si las dudas, se instalará en Atenas un comité supervisor de los acreedores para garantizar que se cumplan los compromisos del ajuste y del paquete de rescate. La nueva soberanía de los Estados europeos.

Nadie se aventura a estimar cuál es la tasa esperada de crecimiento del producto durante el periodo que va a 2020 y sólo se declara que la productividad debe aumentar para exportar y hacerse de fondos para pagar. Pero decirlo así es una trampa, puesto que en un sistema de moneda única como el de la zona euro eso sólo se puede hacer devaluando el precio del salario y recortando las prestaciones. Y, aun así, dada la estructura productiva y la relación comercial de Grecia con los otros países de la zona, vender más fuera es muy difícil.

Ademas, parte de las condiciones fijadas en el paquete imponen recortes en el gasto y aumento de impuestos, lo que destruirá la creación de empleos. Así que se trata de menos trabajo y menos ingresos, con lo que el producto no crecerá. No es de esperarse que esto cree los incentivos para un alto flujo de inversiones extranjeras que compense el entorno de la fuerte recesión.

En Grecia se requiere por encima del ajuste económico, uno muy grande de los pactos sociales que se crearon, muchos de ellos al amparo del mismo endeudamiento público que está en el centro del conflicto. Pero, otra vez, se insiste en aplicar la trama que llevó a la crisis de 2008 creando sofisticados mecanismos financieros que erosionan las condiciones sociales y debilitan las bases de una recuperación efectiva del funcionamiento de la economía y de las finanzas públicas.

Los griegos, como los italianos y los españoles, están sometidos al ajuste con bastante violencia. La fiesta de la deuda, a la que no todos fueron invitados, está ahora en la fase de la resaca. Los gobiernos están dispuestos a saldar las cuentas.

La noción de ingeniería social no es la más afortunada. Tan sólo en el último siglo ha habido debates profundos sobre el tema (piénsese entre otros en Orwell). En el trasfondo de esa noción está, sin embargo, la disputa entre el mercado y el Estado, hoy abierta en los países más ricos. Ese es el tema de la política en Estados Unidos y en Europa en una especie de replanteamiento neurótico de las certezas de hace apenas unos años sobre las virtudes del libre mercado.

 

 

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