Opinión: Crisis, reforma laboral y huelga general en España. Marcos Roitman Rosenmann/I
Hace tres años saltaba a la prensa española una noticia, por decir lo menos, poco halagüeña. Los sindicatos mayoritarios, UGT y CCOO, daban por buena la mediación del gobierno con la empresa Nissan para la fabricación, en su planta de Barcelona, de la camioneta pick up. El origen de tal mediación se asentaba en el creciente rumor sobre el cierre de su filial barcelonesa y la apertura, en Marruecos, de otra planta similar, donde la mano de obra era más barata y la legislación laboral mucho más permisible y adecuada a los criterios empresariales de la trasnacional. Entre el miedo y la desesperación, las centrales sindicales decidieron aceptar unas condiciones draconianas, posteriormente ratificadas por 80 por ciento de la plantilla, a pesar de ser lesivas para los intereses de los trabajadores.
Marcos Roitman Rosenmann
Publicada el 25 de marzo en la versión impresa.
Hace tres años saltaba a la prensa española una noticia, por decir lo menos, poco halagüeña. Los sindicatos mayoritarios, UGT y CCOO, daban por buena la mediación del gobierno con la empresa Nissan para la fabricación, en su planta de Barcelona, de la camioneta pick up. El origen de tal mediación se asentaba en el creciente rumor sobre el cierre de su filial barcelonesa y la apertura, en Marruecos, de otra planta similar, donde la mano de obra era más barata y la legislación laboral mucho más permisible y adecuada a los criterios empresariales de la trasnacional. Entre el miedo y la desesperación, las centrales sindicales decidieron aceptar unas condiciones draconianas, posteriormente ratificadas por 80 por ciento de la plantilla, a pesar de ser lesivas para los intereses de los trabajadores. El acuerdo era sencillo, se daba el visto bueno a una congelación salarial hasta el año 2014, aumentando la productividad en 6 por ciento y elevar el número de horas trabajadas a cambio de mantener el puesto de trabajo. Semanas más tarde, otra noticia vería la luz: Nissan-España desmiente el desmantelamiento de su planta en Barcelona. Los costes de instalación en Marruecos eran poco rentables. Quien divulgó la primera noticia no representaba a la política ni el espíritu de Nissan. En otras palabras, el rumor de cierre fue suficiente para generar un pánico entre los trabajadores y doblegar su voluntad, aceptando la propuesta consensuada entre el Ministerio de Industria y los sindicatos mayoritarios. Esta estrategia sirvió de ejemplo para el sector automotriz, y Renault, Seat, Opel y Peugeot la usaron. Pero si tuvo éxito, el PSOE, meditó y llegó a otra conclusión. ¿Por qué no realizar un real decreto ley que contemple dichos acuerdos y los legitime institucionalmente en todos los sectores productivos?
Así nació la ley de reforma laboral de 2010, impulsada por Rodríguez Zapatero, dando vía libre al despido procedente y objetivo, abriendo la puerta a una desarticulación de los derechos laborales protectores de la fuerza de trabajo y disminuyendo la capacidad de negociación colectiva de los sindicatos. Nuevamente los sindicatos se plegaron aceptando los cambios como un mal menor. Su justificación fue del mismo rango que el utilizado en Nissan. Si no firmamos el resultado sería peor. El argumento espurio bendijo la reforma Rodríguez Zapatero, aunque le costó una posterior huelga general, sin mayores repercusiones en lo sustancial. No se modificó el articulado.
En 2012, el Partido Popular (PP) da otra vuelta de tuerca y cierra el
círculo de las anteriores reformas laborales. Las seis reformas
laborales llevadas a cabo en España (1994, 1997, 2002, 2006, 2010 y
2012) han buscado consolidar el carácter temporal de la contratación, la
flexibilización del mercado laboral, la desregulación y el
abaratamiento del despido. Según expertos, más de 80 por ciento de los
contratos realizados desde 1994 han caído bajo dicha modalidad. Para
demostrar la continuidad entre la reforma del PSOE y el PP, basta
contrastar el párrafo que permite el despido procedente y objetivo. El
real decreto ley de 3/2010 decía: “Se entiende que existen causas
económicas –para el despido objetivo– cuando de los resultados de la
empresa se desprenda una situación negativa, en casos tales como la
existencia de pérdidas actuales o previstas, o la disminución
persistente de su nivel de ingresos, que puedan afectar a su viabilidad o
su capacidad de mantener el volumen de empleo”. La actual redacción del
real decreto ley 3/2012, amplía las causas del despido objetivo al
considerar como existencia de pérdidas actuales o previstas la
disminución persistente de su nivel de ingresos o ventas. En todo caso
se entenderá que la disminución es persistente si se producen durante
tres trimestres consecutivos
.
Para entender su dinámica interna hay que recurrir al estilo
de desarrollo dependiente y trasnacional al cual se integró España en
los años 60. El llamado milagro español fue una quimera. Su expansión se
apoyó en el turismo, la banca, las remesas de la emigración habidas
durante la dictadura franquista, y la construcción o el ladrillo
.
Muy a su pesar, España es un país primario-exportador, con escaso
desarrollo industrial, poca inversión en I&D y un hipertrofiado
sector servicios, el cual concentra 73 por ciento de todo el empleo. Los
cambios políticos de los años 70 maquillaron esta realidad, pero fueron
incapaces de revertirla. Los gobiernos de UCD, PSOE y PP han agravado
esta situación, haciendo oídos sordos a la necesidad de generar
inversión pública y políticas sociales inclusivas. La marca España,
cacareada por unos y otros, es un espejismo. Es verdad y no se puede
negar que a partir de los años 80 del siglo pasado, su economía mostró
un elevado crecimiento económico pero no modificó las condiciones
estructurales, por el contrario se conformó con modificar su apariencia
externa, realizó un foto shop y vendió dicha imagen por el
mundo. Igual creaba empleo, en momentos de bonanza, como los destruye,
con la misma intensidad, en tiempos de crisis. Esta intensidad en la
creación/destrucción de empleo es absolutamente atípica en términos de
comparación internacional... si lo comparamos con la evolución del
empleo en la Europa de los 15, vemos que de 1994 a 2005 en el conjunto
de estos países, el empleo crece 12.5 por ciento, mientras en España lo
hace en 42, casi cuatro veces más. Pues bien, la crisis actual es la
crisis de ese crecimiento acelerado: una destrucción también acelerada
.
El resultado no puede ser más desalentador. En la actualidad la tasa de
desempleo se sitúa en 22.85 por ciento e incluye a 5.3 millones de
personas.
España es país sin revolución industrial. Su estructura productiva esta permeada por trasnacionales que han ido ganando terreno y desarticulando la poca industria nacional. La falta de competitividad la hace más vulnerable a las oscilaciones internacionales. Sin embargo, las clases políticas dirigentes han decidido apostar por el modelo neoliberal como solución a la crisis. La fe ciega en la mano invisible del mercado ha sido el motor de los cambios y de las reformas. Desarticulación del tejido industrial, privatizaciones, desregulación, apertura financiera y flexibilidad laboral. Para ser competitivos, el mensaje lanzado ha consistido en la necesidad de revisar las condiciones de contratación del mercado laboral, considerado rígido y proteccionista. Así, se emprendió un ataque concéntrico a las conquistas democráticas de las clases trabajadoras. Los gobiernos, en complicidad con los empresarios y la patronal, han aprovechado cualquier coyuntura para dar un paso adelante en la total liberalización del mercado de trabajo. Lo dicho ha sido el motivo que explica las ocho huelgas generales habidas desde la muerte del dictador. La dos primeras se realizaron contra el gobierno de Adolfo Suarez, luego le siguieron cuatro contra Felipe González, otra contra Aznar en 2002, la penúltima contra Rodríguez Zapatero en 2010 y la actual, contra el gobierno de Mariano Rajoy, convocada para el 29 de marzo de 2012. Todas han tenido elementos en común, los recortes en las prestaciones sociales, la reducción de los salarios, el abaratamiento del despido, el deterioro de las condiciones de trabajo, los contratos basura, el despido libre o el retraso en la edad de jubilación.
