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Las 11 detenidas en Santa Martha evidencian corrupción judicial

Última modificación 12/12/2012 17:59
por Tania Molina

Las 11 mujeres recluidas en el penal de Santa Martha Acatitla a raíz del operativo de la policía capitalina en el Centro Histórico intentan despejar la incógnita: ¿por qué siguen presas, si la procuraduría capitalina no ha podido comprobar su participación en los disturbios del primero de diciembre?

Publicado el: 12 de diciembre de 2012
Las 11 detenidas en Santa Martha evidencian corrupción judicial

Aspecto de la marcha por la liberación de los presos detenidos el 1º de diciembre, que se realizó del CCH Vallejo al Reclusorio Norte el sábado 8. Foto: Yazmín Ortega Cortés

 

Blanche Petrich /II y última

Publicada el 9 de diciembre en la versión impresa.

Las 11 mujeres recluidas en el penal de Santa Martha Acatitla a raíz del operativo de la policía capitalina en el Centro Histórico intentan despejar la incógnita: ¿por qué siguen presas, si la procuraduría capitalina no ha podido comprobar su participación en los disturbios del primero de diciembre?

Mariana Muñiz, estudiante de arte dramático en la UNAM, apasionada por explorar la posibilidad que ofrece el teatro de ver al ser humano desde otros mundos, intenta ahora desentrañar la pregunta desde un escenario que nunca imaginó que iba a pisar: la celda de una cárcel. ¿Qué juego hay allá arriba, en el Gobierno del DF? Evidentemente hubo órdenes de detener gente, de llenar una cuota. Nos arrestaron a más de 100 en un laso de unas cuantas horas; ninguno culpable. Y el domingo en la noche, cuando liberaron a algunos y a otros nos mandaron a los reclusorios ocho horas antes de que venciera el plazo legal de 48 horas, ¿qué fue lo que se movió? Hubo prisa. A nuestras familias les habían dicho que ya todo se iba a resolver. Claro, una vez ingresados en los reclusorios se complica mucho más el proceso. ¿Cuál es la consigna?.

Las mujeres del pasillo A de procesadas en Acatitla hacen fila en el teléfono para conversar con La Jornada. Es una oportunidad de que su voz se escuche allá afuera. En su mayoría en sus veinte, de procedencias muy diversas –trabajadoras, artistas, académicas– cada una enfrenta de manera distinta la adversidad. Pero todas coinciden en la lección que les ha dejado una semana tras las rejas: indignación frente a la opacidad y la corrupción que están sufriendo en carne propia por parte de las instituciones de procuración de justicia. En palabras de Rosa María Vargas, que tuvo que pasar 24 horas descalza, porque perdió los zapatos cuando la jaloneaban los granaderos: Ahora veo la crueldad y la injusticia de los de arriba. Y es aterrador.

O en la expresión de Rita Emilia Nery Moctezuma, pasante de enfermería: Aquí estamos, impotentes, sintiendo cómo las autoridades pueden hacer lo que se les dé la gana faltando a la verdad.

Entre ellas hay una que sufrió agresión sexual en el momento del traslado desde Filomeno Mata al Ministerio Público. Denuncia Guadalupe Coutiño: En el camión un policía me pellizcó las piernas y el busto. Yo lo puedo reconocer. Tiene casquillos de oro en los dos dientes frontales. Me dijo: date por bien servida, acuérdate lo que les pasó a las mujeres en Atenco, las violaron.

Encapsuladas

Mariana Muñiz, 22 años, es aquella muchacha que sale en varios de los videos que documentan las detenciones irregulares. Bajita, de melena corta, chamarra verde, se le ve caminando por Regina al lado de su novio, Sergio Valencia, una mano sobre su hombro. Él voltea y le da un leve beso. Luego corren, dan la vuelta, regresan espantados, con mucha gente más. A Mariana se le ve despistada. Isabel la Católica, Madero. Se ve venir de frente una barrera impresionante de escudos de acrílico que dicen Policía. Él empuja con el hombro, sale disparado varios metros hacia adelante. A ella la encapsulan los escudos. Son las 12:30. Mariana está atrapada.

Hace danza butoh, ha ido a dar representaciones de teatro popular a La Garrucha, Chiapas. Ella y Sergio van juntos a las marchas estudiantiles a leer poesía del subcomandante Marcos. La acusan, como a las demás, de atentar contra la paz pública, delito grave.

Estamos conociendo desde adentro la mano dura del Estado, la poca transparencia del sistema de justicia.

–¿Qué significa vivir en carne propia lo que tantas veces denunciaste?

–Sentimientos encontrados. Pero sobre todo, esto me va a hacer mucho más fuerte en mis posiciones. Aunque me digan que me quede callada para no complicar más las cosas, voy a seguir denunciando lo que haya que denunciar.

Feliz cumpleaños

Guadalupe Coutiño es chiapaneca. Se las da de fuerte frente a sus compañeras en el penal de Santa Martha Acatitla. No me gusta llorar enfrente de ellas, dice. Y en ese momento suelta el llanto.

El 1º de diciembre fue su cumpleaños 35 y fue a comer al Centro, con su novio y su cuñada. Cuando salieron del restaurante, el Vegetarianos, caminaron hacia Cinco de Mayo. Sólo vimos que la gente se nos venía encima. Yo corro en los maratones, pero corro con causa. Ahora que pude correr no quise. ¿Por qué, si yo no hice nada?.

Sobre la acera un policía le ordenó. ¡Agáchate!. Obedeció instintivamente. Cuando se paró y miró a su alrededor, estaba dentro de un círculo de policías que habían encerrado a 25 personas. Supe el número exacto porque nos contamos, apuntamos nuestros nombres, para protegernos. Fue hasta ese momento cuando se enteró de todo lo que pasaba en la ciudad, simultáneo a la toma de protesta de Enrique Peña Nieto. No me inquieté, por el contrario, pensé: ah, pues entonces esto termina pronto. Pero el asunto no terminó pronto, ni ha terminado para ella y 69 personas más.

Ella vende seguros. Por las tardes asiste a un taller para dar masajes quiroprácticos. Y lo único que quiero es que termine esta pesadilla. Sólo que me pregunto ¿y después, quién nos va a devolver la confianza perdida?.

Descalza y con miedo

Rosa María Vargas Rodríguez, 52 años, la que perdió los zapatos, pasó la primera noche descalza, titiritando y temiendo que la fueran a desaparecer. Ella vive de comprar y vender bisutería. Su hijo menor, estudiante del CCH Naucalpan, aún depende de ella. El primero de diciembre había ido al centro a comprar aretes y pulseras. La detuvieron por defender a cuatro muchachos sometidos por los granaderos. No tenían ni piedras ni palos. Si las víctimas hubieran sido policías, igual me meto a defenderlos.

A Angélica Zepeda Pantali no le preocupa tanto su situación como la de su hermano Miguel Ángel, también preso. Ambos fueron detenidos en la calle de Filomeno Mata, totalmente ajenos a los disturbios, pero el nuevo secretario de Seguridad Pública capitalino, Jesús Rodríguez Almeida, lo ha mencionado como uno de los cinco indiciados con antecedentes penales. “Eso es lo peor –dice Angélica–, la sensación de que una vez que te detienen pueden hacer contigo lo que se les dé la gana, inventar cualquier cosa”.

Recuerda que cuando la interrogaron en la agencia 50 del Ministerio Público le dijeron que no estaba permitido caminar por calles bloqueadas.

–Pues me hubieran dicho que había toque de queda –replicó.

Creo que eso les cayó mal. Tiene 40 años, trabaja en un call center y estudia derecho en la Universidad de Insurgentes, donde su hermano, de 30, acaba de terminar la carrera.

A mí lo que más miedo me da es que me dejen aquí encerrada, dice Diana Estefani Aragón Rocha. Tiene 19 años. Es promotora de ventas de una aseguradora y había ido el sábado al Centro, acompañando a un amigo, a conseguir unos libros de ingeniería. Todo estaba cerrado, por lo que decidimos regresarnos. Nos detuvieron por la parada del trolebús en Hidalgo. Antes de comprender qué estaba pasando, ya los aventaban como bultos dentro de un camión azul. ¿Pero por qué?, alcanzaron a preguntar. No te hagas pendeja, bien sabes lo que hiciste, fue la brutal respuesta.

Rita Emilia Nery fue tacleada en Cinco de Mayo mientras trataba de alejarse de la avalancha de granaderos que se les fueron encima a ella y a dos amigos. La sometieron y llamaron a una mujer policía: ¡Llévate a esta perra!. La agente le torció el brazo y la lastimó. La médico legista del penal se negó a reconocer los moretones que le dejó. Sus amigos ya fueron liberados. Ella no. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Aquí nadie nos explica nada.

 

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