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Reportaje: La creciente oposición a Putin

Última modificación 12/11/2012 16:51
por Tania Molina

El grupo Pussy Riot se convirtió –por la torpeza de las autoridades- en símbolo de la resistencia al Kremlin. Sucedió por obra y gracia no de Dios, sino de la pirámide de poder –medios de comunicación, policía, servicios de seguridad, procuraduría, jueces, legisladores, altos funcionarios del entorno presidencial– que lucra por servir a la cúspide que ocupa una sola persona, el mandatario de Rusia. Esta pirámide, creada por un jefe de Estado que ahora se reconoce como muy creyente, no pudo perdonar la afrenta de que unas jóvenes rockeras, protegidas sólo por un pasamontañas, a ritmo de baile punk y con música estridente, pidieran a la madre de Dios: “Virgen María, líbranos de Putin”. Juan Pablo Duch, corresponsal de La Jornada en Moscú, narra cómo ha ido creciendo el descontento contra el régimen de Vladimir Putin. El reportaje fue publicado en Aldea Global, suplemento de este diario.

Publicado el: 7 de noviembre de 2012
Reportaje: La creciente oposición a Putin

Las integrantes de Pussy Riot, Yekaterina Samutsevich, Maria Alyokhina y Nadezhda Tolokonnikova (de izquierda a derecha), durante una audiencia en la corte en Moscú, el pasado 17 de agosto. Foto: Reuters

 

Juan Pablo Duch, corresponsal

Publicada en el suplemento Aldea Global, el 6 de noviembre.

La travesura de unas muchachas, tan desconocidas como irreverentes, que irrumpieron, el 21 de febrero anterior, en el altar mayor de la moscovita Catedral del Cristo Redentor para cantar una oración contra el presidente Vladimir Putin, debió de haber concluido el mismo día con una simple multa, pero el performance del grupo punk Pussy Riot se convirtió –por la torpeza con que las autoridades manejaron el caso– en símbolo de resistencia al Kremlin.

Sucedió por obra y gracia no de Dios, sino de la pirámide de poder –medios de comunicación, policía, servicios de seguridad, procuraduría, jueces, legisladores, altos funcionarios del entorno presidencial– que lucra por servir a la cúspide que ocupa una sola persona, el mandatario de Rusia.

Esta pirámide, creada por un jefe de Estado que ahora se reconoce como muy creyente, no pudo perdonar la afrenta de que unas jóvenes rockeras, protegidas sólo por un pasamontañas, a ritmo de baile punk y con música estridente, pidieran a la madre de Dios: “Virgen María, líbranos de Putin”.

Arremetió con toda la fuerza del Estado contra las tres jóvenes que pudo identificar, sin tomar en cuenta atenuantes como que dos de ellas son madres de niños pequeños y que, en última instancia, no se les imputa ningún delito de sangre.

La represalia contra las rockeras

Nueve meses después, tras haber sido condenadas a dos años de prisión, una recibió la libertad condicional, Yekaterina Samutsevich, y las otras dos se encuentran en centros penitenciarios alejados de Moscú –castigo adicional– donde deberán cumplir sus penas: Maria Aliojina, en la región de Perm (Urales), a más de mil kilómetros de distancia de la capital rusa, y Nadezhda Tolokonnikova, en Mordovia, a 500 kilómetros.

Prefirieron la cárcel a la libertad condicional, a cambio de arrepentirse de sus actos como condición, sugerida por los jerarcas de la Iglesia, para obtener la clemencia de la justicia rusa.

Esta digna actitud ha permitido que un grupo punk, hasta hace poco marginal y poco conocido, genere muestras de solidaridad y simpatías en todo el mundo.

Quizás Pussy Riot reciba más respaldo fuera que dentro de Rusia, cuya sociedad está inmersa en un impasse, donde predomina la apatía y la clase media de las grandes ciudades está convencida de que es imposible lograr a través de las urnas que la actual élite gobernante abandone el poder y, más allá de las protestas callejeras, aún no está preparada para encabezar un cambio violento.

Pero no todos en Rusia quieren que nada cambie. También hay rusos que, como las muchachas de Pussy Riot, están dispuestos a sufrir represión por rechazar la idea de Putin de perpetuarse en el poder, actualmente en su tercer periodo presidencial y quien en 2018 sumará ya 18 años como gobernante de este país (incluidos los cuatro que fungió como primer ministro y jefe del mandatario nominal).

Son los nuevos adversarios del Kremlin, surgidos de lo que ellos denuncian como fraude en las elecciones parlamentarias de diciembre anterior y que provocaron, en las grandes urbes de Rusia, las mayores manifestaciones de protesta desde la época terminal de la Unión Soviética.

Dos tipos de oposición

En este país –también por voluntad de las autoridades– hay dos tipos de oposición política: la “tolerada” (“sistémica” la llaman los politólogos locales) y, por consiguiente, la “no tolerada” (“no sistémica”, por extensión).

La primera tiene poco ascendiente en la población, su apoyo en las urnas proviene de lo que podría calificarse de una clientela más o menos fija, pero a cambio goza de acceso al Parlamento y a los medios de comunicación del Estado, hasta dónde se lo permiten quienes detentan el poder.

Tres son sus exponentes principales: el Partido Comunista de Rusia, heredero del Partido Comunista de la Unión Soviética, que no ha sabido asumir un discurso político atractivo para la mayoría de la población; el Partido Rusia Justa, que se creó como “partido oficialista de reserva” y acabó desplazado del reparto de beneficios por Rusia Unida, y el Partido Liberal-Democrático, tan nacionalista como demagogo es su líder, Vladimir Zhirinovsky, quien habla demasiado y acaba votando siempre como conviene al Kremlin.

Esos son los rivales políticos que quiere tener la élite gobernante para reclamar que se reconozca a Rusia como país democrático. La oposición “tolerada” acepta las reglas del juego que fijan las autoridades, participa en comicios en condiciones desiguales, obtiene cierto número de diputados, se queja de que hubo fraude, pero siempre termina reconociendo al ganador, el partido oficialista.

Los no tolerados

En diciembre pasado, contra su voluntad, surgió otra oposición, la “no tolerada”, que aún no tiene acceso al Parlamento ni a los medios de comunicación del Estado y que encontró en la vía pública el único sitio para protestar.

El “ajuste de resultados”, tanto en las elecciones legislativas como en las presidenciales, y la perspectiva de que una misma persona gobierne hasta la muerte, hicieron que salieran a la calle para expresar su descontento conservadores de derecha, liberales, centristas, radicales de izquierda, nacionalistas, ecologistas, anarquistas, intelectuales, artistas y simples ciudadanos sin ideología definida, coincidentes todos sólo en lo que no quieren, distantes respecto de las propuestas encontradas para gobernar que defiende cada tendencia.

Junto con los partidos hasta hace poco sin registro como el conservador Partido de la Libertad del Pueblo o el radical Frente de Izquierda, surgieron las primeras formaciones políticas de la emergente sociedad civil, entre otras: la Liga de Electores y el Movimiento por unos Comicios Libres, a convocatoria de connotados intelectuales y artistas, que defienden posiciones políticas moderadas, al tiempo que rechazan la intención de Putin de perpetuarse en el poder; el Movimiento de las Cintas Blancas, que reclama el derecho de los ciudadanos sin partido a protestar en la calle llevando una cinta blanca como símbolo de paz; el Movimiento de los Cubitos Azules, que promueve prohibir los privilegios de los funcionarios públicos, entre otros las sirenas azules en sus automóviles para desplazarse por las ciudades. Como burla, propone que los afectados por los embotellamientos coloquen un cubito azul en el techo de sus vehículos; el Movimiento en Defensa del Bosque de Jimki, que surgió como protesta de los habitantes de Jimki, ciudad satélite de Moscú, contra la tala indiscriminada de árboles para construir una carretera de peaje entre la capital rusa y San Petersburgo; la Estrategia-31, que desde el 31 de julio de 2009, los meses con 31 días salen a la calle para reivindicar el derecho a la libre expresión consagrado en el Artículo 31 de la Constitución rusa; la Federación de Propietarios de Automóviles de Rusia, fundada por Serguei Kanayev, que busca mejorar la infraestructura del transporte, aumentar la seguridad vial y reducir el precio de la gasolina; el grupo Spravedlivost (Justicia), que reúne a abogados que se pronuncian por una reforma electoral y defienden la justicia económica.

La atomización opositora

La sociedad civil está representada en infinidad de otras formaciones más pequeñas, como Oborona (Defensa), Acción Civil o Tigr (acrónimo de Tigre), por mencionar sólo tres.

La oposición “no tolerada”, que nació en Moscú y San Petersburgo, las grandes urbes donde se generaron también la revolución bolchevique en 1917 o la disolución de la Unión Soviética en 1991, supo percibir que las protestas callejeras sin más eran insuficientes para conseguir la renuncia de Putin y la convocatoria de elecciones anticipadas, tanto para formar Parlamento como para legitimar en las urnas a otro jefe de Estado.

En lugar de convocar una nueva manifestación, como planteaban los más radicales, prevaleció la opinión de elegir, vía Internet, un Consejo Coordinador de la Oposición (CCO), como primer paso para intentar conciliar intereses y propuestas tan divergentes.

Se inscribieron 170 mil 12 personas, de las cuales sufragó más o menos la mitad tras pasar el complicado proceso de verificación, y –a pesar de los ataques cibernéticos, que prolongaron por un día más la votación–, se pudo elegir a los 45 miembros del CCO, 30 de una lista general de candidatos y 15 de tres relaciones específicas, aportando la izquierda, los liberales y los nacionalistas cinco representantes adicionales.

Los tres más votados resultaron Aleksei Navalny, abogado y bloguero que saltó a la fama por denunciar en Internet los esquemas de corrupción de las grandes corporaciones públicas, el escritor Dimitri Bykov y Garry Kasparov, ex campeón mundial de ajedrez y dirigente del Movimiento Solidaridad.

También entraron al CCO Ksenia Sobchak,  conductora de programas de televisión y distanciada de Putin, su padrino de bautizo; Ilia Yashin, coordinador del Movimiento Solidaridad; Serguei Udaltsov, líder del radical Frente de Izquierda; Gennadi Gudkov, ex diputado de Rusia Unida; la ecologista Yevgueniya Chirikova; el periodista Serguei Parjomenko; Andrei Ilarionov, ex asesor económico de Putin, y Boris Nemtsov, ex primer ministro de Rusia, por mencionar sólo a algunos de los más conocidos.

¿Quién es el líder de los adversarios del Kremlin? Formalmente, no lo hay y son varias las figuras que dan la cara y pretenden marcar pauta para que se les reconozca dicho liderazgo, aunque durante algún tiempo lo más probable es que los inconformes tengan una dirigencia colectiva por conducto del CCO.

Estafadores y ladrones

El más votado de su miembros, Aleksei Navalny, acuñó la demoledora frase de “partido de estafadores y ladrones” que se usa como sinónimo del partido oficialista Rusia Unida, tiene 36 años y es abogado. Se ha significado, desde 2008, en su blog RosPil, donde –con ayuda de los ciudadanos– pone al descubierto a los funcionarios públicos que utilizan su cargo para saquear los principales consorcios del Estado.

En la actualidad, además de RosPil, Navalny encabeza otros proyectos en Internet que se nutren de las denuncias de la gente, los blogs RosAgit y Dobraya Mashina Pravdy (la Noble Máquina de la Verdad), que se usan tanto para organizar las protestas como para informar de noticias distorsionadas por los medios oficiales; RosYama, que muestra el pésimo estado de calles y carreteras; RosVybory, que se creó para formar observadores electorales, y RosUznik, cuya misión es ayudar a los presos políticos, por enumerar los más importantes. 

El entorno de Putin minimiza a la oposición “no tolerada” y da a entender que no representa ningún serio peligro. La idea obsesiva de descabezar el movimiento de inconformes se basa en el viejo dicho de que “muerto el perro, se acabó la rabia”, lo cual puede ser un grave error por el endeble fundamento legal de las acusaciones en su contra y la burda forma en que se les persigue.

Se achaca a Aleksei Navalny, la figura más representativa de la oposición “no tolerada”, el haber dado un consejo equivocado al director de una empresa que causó pérdidas por menos de 500 mil dólares al Estado y que podría representarle hasta 10 años de cárcel. El caso se había cerrado hace varios años al devolver la empresa la mayor parte del dinero de un negocio fallido y ahora la acusación se sustenta sólo en lograr que el director de aquella empresa acepte, bajo amenazas, inculpar a Navalny.

Personajes variopintos

A Guennadi Gudkov, ex coronel del KGB soviético que de oficialista se volvió opositor, con el pretexto de que siguió dedicándose a los negocios como diputado, se le expulsó de la Duma por simple votación de los oficialistas, antes de que una Corte determinara si cometió o no algún delito.

Un buen susto le pegaron a Ksenia Sobchak, la ahijada de bautizo de Putin, al realizar un cateo en su casa a primera hora de la mañana y requisar cerca de un millón de euros, todo el efectivo que encontraron (ciertamente, un mes después pudo recuperar el dinero). A su madre, Liudmila Narusova, la viuda de Anatoli Sobchak, quien arropó a Putin cuando éste tuvo que dejar el KGB soviético a su regreso de la República Democrática Alemana, la revocaron del Consejo de la Federación (Cámara Alta del Parlamento ruso).

Garry Kasparov, el ex campeón mundial de ajedrez, fue detenido con violencia mientras estaba dando una entrevista de banqueta y pretendieron acusarlo de haber mordido la mano de un policía. Con imágenes de la cámaras de seguridad de un edificio contiguo pudo demostrar el absurdo de la acusación y un juez no tuvo más remedio que cerrar el caso.

Se imputa a Serguei Udaltsov, líder del radical Frente de Izquierda, preparar desórdenes callejeros en Rusia con dinero de un georgiano, basándose en un programa de televisión cuyo argumento central es una grabación con cámara oculta de pésima calidad y procedencia anónima, y se le tiene prohibido abandonar Moscú, su lugar de residencia.

Ese mismo programa televisivo sirvió para detener a Konstantín Lebedev, secretario de Udaltsov, como “sospechoso de organizar disturbios”. También se utilizó para secuestrar en Kiev, la capital de Ucrania, a Leonid Razvozhayev, secretario del diputado de Rusia Unida; Ilia Ponomariov, a su vez, fue despojado en la Duma del derecho a usar la tribuna durante un mes.

Privado de la libertad ilegalmente durante tres días, bajo amenazas de hacerlo “desaparecer” y de traer a su mujer y sus hijos para torturarlos, Razvozhayev tuvo que leer frente a una cámara de video 15 páginas de una “confesión” elaborado por un “asistente” del servicio secreto ruso, en la cual acusa a Udaltsov de recibir financiamiento externo.

Trasladado a Moscú, desde la cárcel, Razvozhayev pidió la protección de los representantes de organismos de derechos humanos que lo visitaron y les explicó que fue obligado a declararse culpable. Unos días después, ya con su abogado, se retractó oficialmente de la supuesta “confesión”.

Con casos como el de Razvozhayev se quiere amedrentar a los activistas de base, haciéndoles creer que cualquier persona puede ser condenada bajo cualquier pretexto, sin pensar que ello puede resultar contraproducente y provocar un incremento de la indignación hacia el Kremlin.

Pronósticos

El prestigiado Centro de Proyecciones Estratégicas (CPE), que adquirió fama por la certeza de sus dos pronósticos anteriores –en resumen: que habría manifestaciones multitudinarias en Moscú después de las legislativas de diciembre anterior y que las autoridades apostarían por la represión tras el regreso de Putin al Kremlin en mayo pasado– acaba de dar a conocer los resultados de su más reciente estudio socio y sicológico.

Realizado como los anteriores para el Comité de Iniciativas Cívicas que encabeza el antiguo vicepremier y titular de la cartera de Finanzas, Aleksei Kudrin, el estudio sostiene que es un fenómeno temporal la caída de la actividad de protesta y que, en todas las capas de la sociedad rusa, se aprecia ya desconfianza hacia el poder y malestar hacia la gestión de Putin, quien “una y otra vez repite las mismas promesas (electorales), sin lograr hasta ahora ningún resultado en verdad relevante”.

Según los expertos, crece la desconfianza hacia otros institutos del poder y hacia el partido oficialista Rusia Unida. Tampoco se confía mucho en la oposición, pues por ahora carece de programas concretos y de una agenda precisa, pero los inconformes deben delimitar sus posiciones ideológicas y seleccionar aquellas que permitan al movimiento adquirir fuerza con una plataforma política más avanzada.

Llamó la atención de los investigadores que la mayoría de las personas entrevistadas ya considere, a diferencia de la primavera pasada cuando se excluía del todo, posible y hasta deseable una revolución.

En la sociedad crece el convencimiento de que es imposible cambiar a la actual élite gobernante mediante un procedimiento legal y se cree cada vez menos en la limpieza de las elecciones, pero el CPE no estima viable una revuelta armada.

Para el corto plazo, apunta tres escenarios, igual de malos para Rusia. Resumidos, éstos son:

Primer escenario: desobediencia civil masiva, provocada por cualquier causa y que tendría consecuencias impredecibles.

Segundo escenario: renovación voluntaria de la élite gobernante. No tendría que renunciar el presidente, podría remover al impopular primer ministro Dimitri Medvediev y nombrar nuevo gobierno.

Tercer escenario: degradación intensiva de la población, producto de crecientes apatía y alcoholismo que llevarían a extinguir la nación.

Son pronósticos poco optimistas y se complementan, de alguna manera, con la opinión de otros expertos que están convencidos de que la economía rusa necesita serias reformas y acometerlas depende de una sola persona, el titular del Kremlin, pero éste no hace nada porque la actual situación conviene a la alta burocracia del Estado –su base de poder– que sigue saqueando las riquezas del país en detrimento de la población.

Entre tanto, la clase media de las grandes ciudades, cuyo núcleo forma parte del movimiento de protesta contra el Kremlin, exige esas reformas, pero dicho “motor del cambio” sólo representa 20 por ciento de los habitantes del país. Ochenta por ciento de los rusos, en su mayoría alejado de la política, sobrevive en provincia con los subsidios que llegan del centro gracias a los petrodólares que manejan a su antojo los dirigentes locales.

Dicho con otras palabras, mantiene su vigencia el vaticinio de Mijail Saltykov-Schedrin, el genial satírico ruso que escribió en la segunda mitad del siglo XIX: “Si me durmiera cien años y al despertar me preguntaran qué está pasando en Rusia, no dudaría en responder: unos se emborrachan y otros roban”.

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Cualquier poder humano puede ser resistido y cambiado por los humanos.
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